Hijo del Hombre

Capítulo Diez

El zelote

Tenía diecisiete años cuando le pidieron que encabezara la revolución.

Los reclutadores llegaron a Nazaret ese año.

Llegaron con las caravanas, como siempre llegaban esos hombres, haciéndose pasar por comerciantes, hablando bajito en los rincones, fichando a los muchachos con más ganas de escuchar. El mensaje corrió por el pueblo como fuego en pasto seco: a Roma se le podía hacer frente. A Roma había que hacerle frente.

Yeshua los escuchó hasta el final.

Se sentó al fondo de la reunión y los oyó hablar de los cobradores de impuestos que cobraban dos veces, de los soldados que se llevaban lo que querían, de un pueblo aplastado bajo la bota de los paganos. Citaban a los profetas. Invocaban a los macabeos. Pintaban un Israel restaurado, libre y orgulloso.

Los muchachos a su alrededor se inclinaban hacia adelante.

Cuando preguntaron quién se sumaba, media sala se puso de pie.

Yeshua se quedó sentado.

“No te paraste.”

Santiago lo encontró esa noche en el taller, limpiando herramientas a la luz de la lámpara. Ya tenía trece. Brazos cruzados. Cara tensa.

“No.”

“Todos te vieron. Todos se dieron cuenta.”

“Ya sé.”

“Están hablando de ti. Dicen que eres un cobarde. Dicen que el hijo de José no tiene agallas.”

Yeshua dejó el cepillo que estaba aceitando. Miró a su hermano.

“¿Y tú qué piensas?”

“Pienso que ya nos han pisoteado bastante. Pienso que alguien tiene que hacer algo.” Se detuvo. Tragó saliva. “Pienso que papá habría querido que peleáramos.”

“Papá quería que saliéramos adelante.”

“Entonces nos quedamos aquí sentados. Nos lo aguantamos y ya.”

“Tenemos una familia que depende de nosotros.”

Santiago apretó los puños a los costados. “Siempre me sales con lo mismo. La familia. La responsabilidad.”

“Yo no la pedí. Me tocó.”

“¿Quién te la dio?”

El taller quedó en silencio. Afuera, Marta llamaba a los más chicos a cenar.

“Los reclutadores vuelven mañana”, dijo Santiago. “Quieren hablar contigo, contigo en especial. Creen que podrías encabezar algo.”

“¿Encabezar qué?”

“A los moderados. Los que quieren resistir pero todavía no están listos para la violencia. Necesitan a alguien que sepa hablar, que sepa pensar. Que haga lo que haces tú.”

“¿Y si digo que no?”

“Entonces buscarán a otro. Y ese otro podría ser yo.”

Isaac el prestamista vino al taller un día de mercado.

Entró sin tocar. Echó un vistazo al taller. Se sentó en un taburete sin que nadie lo invitara.

Se quedó ahí un minuto entero, mirando trabajar a Yeshua. La mano izquierda se le abría y se le cerraba sobre la rodilla, una costumbre, o una herida.

“Mi hijo trabajaba la piedra en Séforis”, dijo. Hizo una pausa. “Hace dos años. Una patrulla romana lo acusó de robar. Le pegaron en plena calle. Murió a los tres días. No castigaron a nadie. No nombraron a nadie.”

Un silencio largo.

“Se llamaba.”

La mano se cerró.

“No he dicho su nombre en voz alta desde entonces.”

Las manos de Yeshua se detuvieron sobre la madera.

“Te he estado observando desde entonces.”

Yeshua siguió cepillando.

“Cada semana me entero de algo nuevo. El comerciante de Tiro que dice que discutiste la Torá con él en griego y le ganaste. La viuda a la que le arreglaste el techo gratis. El acreedor al que le sostuviste la mirada cuando tenías quince años.” Isaac se inclinó hacia adelante. “Eres la única persona de este pueblo a la que no puedo adivinar.”

“Soy carpintero.”

“Llevo treinta años prestando plata. Conozco a los hombres. Sé cuáles son lo que parecen y cuáles no. Tú no eres lo que pareces.”

Yeshua dejó el cepillo. Se dio vuelta.

“¿Qué quieres, Isaac?”

“Tu familia se está ahogando. Conozco los números. Ocho hermanos menores, un solo sueldo, una madre que apenas se sostiene. Estás atrasado con los impuestos. Vendiste la parte de la casa que era de tu padre.” Isaac se agarraba las rodillas. “Yo puedo hacer que todo eso desaparezca. Deudas saldadas. Estudios pagados. Tus hermanos asegurados por una generación.”

“¿A cambio de qué?”

“Los patriotas moderados necesitan una voz. Alguien lo bastante joven para entusiasmar a la gente. Alguien como tú.”

“Quieres comprarme.”

“Quiero invertir en la única persona de este pueblo en la que vale la pena invertir.”

“Necesito tiempo.”

“Claro.” Isaac se paró. En la puerta se volvió. “He esperado dos años. Puedo esperar unos días más.”

Se fue. Yeshua se quedó solo en el taller, rodeado de las herramientas de su padre.

Esa noche su madre lo acorraló.

“Isaac me contó lo que te ofreció.” María hablaba con cuidado. “Es generoso.”

“Es un soborno.”

“Es una oportunidad. Para ti. Para todos nosotros.”

“Tú siempre has dicho que yo iba a ayudar a nuestro pueblo.”

A ella se le quedó quieta la cara.

“Y ahora te lo están pidiendo.”

“Así no.”

“¿Cómo lo sabes?”

“Sé a quién sirvo. Lo que todavía no sé es dónde va a empezar el trabajo.”

“¿Entonces qué? ¿Qué estás esperando?”

La llama se dobló con la corriente y se volvió a enderezar.

“No sabes.” Se le quebró la voz. “Diecisiete años, Yeshua. Diecisiete años esperando. Mirando. Y tú no sabes.”

“Perdóname.”

“Tu padre también creía. Lo dejó todo. Sus planes. Su oportunidad de tener una vida normal. Te crió como si fueras un tesoro. Y ahora ya no está, y yo estoy sola, y tú me dices que no sabes.”

Le vinieron las lágrimas. No intentó pararlas.

Yeshua cruzó el cuarto. La abrazó. Sintió las manos de ella agarrándole la túnica por la espalda. Pequeñas. Se le había olvidado que su madre tenía las manos pequeñas.

“No te puedo prometer un trono, mamá.”

“¿Entonces qué vas a ser?”

La abrazó más fuerte.

Trabajó los dos días siguientes. Otro mango de arado. Un postigo para el albañil. Las manos se movían. Las decisiones no.

La segunda noche subió solo a la loma. Se sentó. No rezó. Escuchó.

No hubo respuesta. Oyó el viento en los olivos y un perro en algún lugar del callejón.

Antes de que amaneciera volvió bajando.

Esa mañana fue a ver al jazán. El hombre mayor lo escuchó sin interrumpirlo.

“Diles lo que le debes a tu padre”, le dijo. “Ellos también tienen padre.”

Más tarde, cuando Yeshua ya se había ido, mandó llamar a Santiago.

El comité de vecinos se reunió esa tarde.

Quince hombres en la casa más grande del pueblo. Los radicales. Los moderados. Los cautelosos. Isaac en la primera fila. El tío Simón con los nacionalistas. Santiago al fondo.

Yeshua se paró delante de ellos.

“Me pidieron que los encabece. No puedo.”

El murmullo empezó enseguida.

“Escúchenme.”

La sala se calló.

“Mi padre está muerto. Mi madre es viuda. Tengo ocho hermanos y hermanas. Necesitan a alguien que los críe. Yo soy el mayor. Me tocó a mí.”

Tenía la mano en el bolsillo. Encontró el anillo. Lo dejó ahí.

“Yo me ofrecí a mantenerlos”, dijo Isaac.

“Comida. Ropa. Escuela. Te lo agradezco.” Yeshua apoyó las manos planas contra las piernas. “Pero cuando Rut llama de noche, necesita que alguien vaya. Cuando Judas se equivoca, alguien tiene que quedarse el tiempo suficiente para enseñarle. La plata no los puede querer.”

“O sea que no vas a hacer nada.” Una voz del grupo de los radicales.

“Yo no dije eso.”

“¿Entonces qué vas a hacer?”

No contestó enseguida.

“Hay un trabajo que espero hacer en el mundo. Eso también va a tener que esperar. No los puedo dejar ahora.”

Habló de su madre, y luego miró a Santiago. “Se ofrecieron a liberarme. Sé lo que eso les cuesta. Pero eso no me libera de lo que debo.”

Santiago caminó hasta el frente de la sala. Se paró al lado de Yeshua. Miró las caras que conocía de toda la vida.

“Si yo tuviera edad para ocupar su lugar en la casa, él podría ayudar a liberar a nuestro pueblo”, dijo Santiago. Las palabras le salían despacio. “Pero no tengo edad. Todavía lo necesitamos como padre. Que nos enseñe.”

La sala estaba en silencio.

“Después de él somos cinco varones. Déjenlo criarnos. Ustedes quieren un líder ahora. Dennos tiempo y nuestra familia les va a mandar cinco patriotas.”

Yeshua miró a su hermano. Más allá de los hombres sentados, el jazán le hizo a Santiago un pequeño gesto con la cabeza.

El comité se disolvió.

Isaac se detuvo en la puerta antes de irse. Volvió la vista hacia Yeshua. No con rabia. Con algo más viejo.

“Entiendo”, dijo. “Pero voy a estar mirando. Hace mucho que estoy mirando.”

Se fue.

El tío Simón alcanzó a Yeshua afuera.

“Te equivocaste.”

“Puede ser.”

“Tu padre habría.”

“No.” La voz de Yeshua se volvió fría. “No me digas lo que habría hecho mi padre. Tú no me criaste. Me crió él.”

Simón se lo quedó mirando. Luego se dio vuelta y se fue por el camino polvoriento, más allá de la prensa de aceite.

Había una muchacha en el pozo cuando él pasó camino a casa. No levantó la vista. Desde la primavera apartaba la mirada cada vez que él pasaba.

Él no la vio.

Al cuarto día una piedra pegó en la pared junto a su hombro mientras iba al taller. No se dio vuelta. Oyó al chico salir corriendo. Oyó que el padre del chico no lo llamaba.

Antes de la loma, fue a su casa.

Su madre estaba en el fogón, tapando las brasas para la noche. No levantó la vista cuando él entró. Él se sentó en el banco bajo del otro lado del cuarto. Esperó.

Ella dijo: “Ya dejé de decirme cómo va a ser tu vida.”

Él no contestó. El fuego se movió. Ella no se dio vuelta.

“No se lo he contado a nadie”, dijo ella.

“Sigo escuchando”, dijo él.

Entonces ella lo miró. Era más joven de lo que él era ahora cuando se casó con José. Por un momento él vio lo joven que había sido.

Ella se volvió al fuego. Terminó de tapar las brasas.

“Entonces cárgalo”, dijo.

Dejó el atizador de hierro en el fogón. Las manos le quedaron en el regazo y ahí se quedaron. No habían parado de moverse desde que murió José. Ahora estaban quietas.

Ella no se levantó a abrazarlo. Él no cruzó el cuarto.

Se quedó un rato más con ella. Luego se paró y salió.

Camino a la loma pasó por el taller.

Adentro la lámpara ardía baja. Santiago estaba en el taburete bajo. Un pedazo de cedro en la mano. Un cuchillo. Estaba tratando de tallar una clavija de yugo, de esas que José usaba para encajar una viga en su junta. La clavija estaba torcida. La veta se le había escapado. Siguió cortando.

Yeshua se detuvo en la puerta. Miró. No dijo nada.

Santiago lo vio. No escondió la clavija. No levantó los ojos.

“Está mal”, dijo Santiago.

“Ya sé.”

“La voy a arreglar.”

“Ya sé.”

Yeshua siguió caminando.

Esa noche Santiago encontró a Yeshua en la loma.

“Podrías haberlos encabezado”, dijo Santiago. “Te habrían seguido a donde fuera.”

“Ya sé.”

“Y te fuiste así nomás.”

“Sí.”

“¿Por qué?”

Yeshua se quedó callado. Cuando habló, la voz le salió más chica. Más áspera.

“¿Te acuerdas de lo que papá decía de la madera? Que hay que dejar que te diga lo que quiere ser.”

“Me acuerdo.”

“Quiero que conozcan al Padre”, dijo. “Todos. Todavía no sé cómo va a empezar ese trabajo. Pero no lo puedo empezar pidiéndoles que maten.”

“Podrías empezar aquí.”

“Estoy empezando.”

Santiago se sentó a su lado.

“Sigo pensando que estás equivocado”, dijo Santiago.

“Ya sé.”

“Pero voy a dejar de insistir. Por ahora.”

“Gracias.”

Se quedaron sentados. Las estrellas giraban. En algún lado ladró un perro.

“La familia va a estar bien”, dijo Santiago. “Voy a ayudar más. José también. Ya vamos a ver cómo.”

Yeshua asintió.

Santiago se paró. Se sacudió la tierra de la túnica. La mano se le fue hacia el hombro de su hermano, se detuvo a medio camino, volvió a caer. Bajó por el sendero hacia el pueblo.

Yeshua se quedó en la loma. Llegó el frío. No se movió.

Dio vuelta las manos en la oscuridad. Ya tenía los callos de José, o el principio de ellos. Manos que habían cavado una tumba y que no iban a empuñar una espada.

Escuchó. Había creído que habría un camino más allá de Nazaret. Esa noche solo podía ver el taller y las bocas que tenía que alimentar.

A lo mejor había confundido sus ganas de irse con un llamado. Dejó que la idea se quedara ahí.

El frío tampoco contestó.

Cuando por fin se paró, el pueblo estaba a oscuras. Bajó la loma solo.

En el bolsillo el anillo seguía tibio. No lo había sacado para mirarlo. No le hacía falta.